En junio de 1972 se llevó a cabo en Estocolmo la primera Cumbre para la Tierra, allí la comunidad científica ponía el dedo en la llaga de un problema ecológico con raíces económicas dejando a trasluz un modelo basado en el extractivismo, la sobreproducción y una demanda energética altamente contaminante.

Con la globalización llegaría el mercado para consumir masivamente esos productos y allí comenzó el acelerado deterioro ambiental. Los ideólogos del sistema imperante se ocuparon de sacar el debate del campo científico atrapándolo en lo político creando estigmas de ángeles y demonios del cambio climático. Le endilgaron a los activistas de izquierda la defensa de la causa ambiental y ellos, superados como están por sus propias pugnas, la abrazaron pero sin saber qué hacer para ganar espacios en esa lucha.

El problema es que los desastres naturales que arrastra el Cambio Climático generan dolor y muerte principalmente en los estratos sociales excluidos mientras que para el gran capital son una extraordinaria ocasión para impulsar ajustes a su conveniencia. El huracán Katrina en Nueva Orleands, es una muestra de ello. Y para los políticos bananeros la ayuda a las víctimas es la oportunidad para engordar sus billeteras y afianzar su imagen de benefactores.

Construir la resiliencia al Cambio Climático significa un proceso de adaptación primero para luego mitigar el impacto ineludible. El debate y búsqueda de soluciones debe continuar en manos de los científicos y los ciudadanos deberíamos velar por colocar en las posiciones de poder a quienes puedan ver más allá de los intereses de las petroleras, mineras e industrias sin responsabilidad social a las que se funden con la corrupción.

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